Las cosas que pasan
Por Fulgencio Saura Mira 15/01/2014
Mi amigo Nemesio, viejo pastor que habita en una pedanía jumillana a la que me acerco de vez en cuando para llenarme del aire de la sierra, no deja de asombrarse por lo que está sucediendo en nuestra nación. El hombre se ha educado en las buenas costumbres de la aldea y no da cábalas a la insensatez de los que, desde sus filas de la intolerancia y la tozudez, que es lo peor que se puede tener, defienden con empecinamiento el aborto. Y siguen cavilando sobre el independentismo, que es una soflama de cohete festivo, o nos ofrecen la dantesca e infernal foto de los etarras de Durango relamiéndose su propia porquería, que nos salpica a todos.

Y en verdad que mi amigo tiene toda la razón. El hombre dice que no hay derecho a que toda esta farsa penda sobre nosotros, como la espada de Damocles. Pues a estas alturas de la historia habría de imperar la razón. Eso que se llama sentido común, evitándose la hambruna, guerras y desdichas que nos afligen.

Le indico que esta idea la tenía muy clara Kant al hablar de la paz perpetua, que es una entelequia. Pero escrita suena mejor, pues tal como están las cosas no es posible hacer que el círculo sea cuadrado o que se invierta el concepto de la matemática.

No es posible porque estamos en una sociedad que dista mucho de la angelical. Está compuesta por hombres dislocados por el ansia de poder, aunque esto ya lo dice Cervantes en el diálogo que mantiene Don Quijote con los cabreros, con la luna de fondo y Sancho Panza oliendo la buena pitanza.

Si todo fuera lógico e imperara la razón, si el ser humano, que a veces no lo es, se dejara llevar por la norma ética que señala lo que debe ser, entonces no hubiera existido las conflagraciones que han ensangrentado el suelo de nuestros antepasados y lo siguen haciendo. Ni tendríamos que advertir las monstruosidades del nazismo de toda índole, que nos hiere y desgarra. Ni en este momento de nuestra azotada patria, que es de todos, lamentar las voces de nuestros partidos políticos incitando al asesinato de los concebidos y no nacidos, como si de un programa hitleriano se tratara.

Y es que cuando se quiere incidir en la maldad, que no es precisamente dulce compañía, se dejan caer exabruptos de oratoria progresista erradicada en las filas del socialismo y otras mentes estultas marginadas del sentido común. No se descargan de tales culpas los jueces y togados que siguen a la perfección la norma positivada que, no por integrarse en el Derecho, deja de ser injusta.

De ahí, la legalización de la banda de criminales que ha tenido su reunión últimamente en el Matadero de Durango. Ello con el agravio a las víctimas y a los españoles que nos sentimos aterrados ante lo que está sucediendo, y que nos acordamos de los más de ochocientos muertos con la bomba o el tiro en la nuca de esos criminales a los que se les ha dado voz.

Naturalmente que este panorama, estas cosas que pasan en nuestra amada patria, país de todos, hay que retener en el recuerdo, como todos los holocaustos que llevaron a los campos de concentración a millones de seres humanos. Para que nuestros nietos sepan de los disparates que el hombre civilizado puede cometer.